A lo lejos corta el cielo
una figura triste.
La silueta en duelo
de aquel que ahora viste
tosco costal ceñido
con cuerda de ermitaño.
¿Quién hubiera creído
que es aquel que antaño
espada en mano
luchó con los periscos?
Al que hoy dicen Hermano
Fray Francisco.
Va lento el hombrecito
como si en cada paso
por pequeñito
sintiera el traspaso
de los clavos y el dolor
de la Santa Pasión
de Nuestro Señor
en la crucificción.
Ya no ven los pobres ojos
que a la vista renunciaron
y con despojo
rehusaron
el volver a ver pecado
y por los campos y ciudades
va rodeado
de corderos y zorzales
que con balidos y cantos
guían el camino
del divino pobre Santo
del hábito capuchino.
El lobo guarda al beato
con mirada benigna
y a sus pies dos pequeños gatos
lamen las llagas de sus estigmas.
Entonando letanías
se va Francisco de la ciudad
ya no inspira alegría
sino piedad.
Y con las bestias de la creación
por las que tanto amor sentía
se va cantando una oración:
Dios te salve Santa María…
Vittorio Canessa